Carlos Camacho Arango. El conflicto de Leticia (1932-1933) y los ejércitos de Perú y Colombia (Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Colección Centro de Estudios en Historia (CEHIS), 2016).

  • Giovanny Paolo Arteaga Montes Universidad del Valle, Cali, Colombia

Resumen

Reseña


Carlos Camacho Arango. El conflicto de Leticia (1932-1933) y los ejércitos de Perú y Colombia (Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Colección Centro de Estudios en Historia (CEHIS), 2016).


Por: Giovanny Paolo Arteaga Montes

Biografía del Autor

Giovanny Paolo Arteaga Montes, Universidad del Valle, Cali, Colombia

Sociólogo. Especialista en Estudios Latinoamericanos, CEILAT. Especialista en Patrimonio Cultural y Turismo Sostenible, Cátedra UNESCO, Buenos Aires, Argentina. Candidato a Magíster en Historia, Universidad del Valle. Correo electrónico: arteagagiovanny@gmail.com

Publicado
2017-11-13
Como citar
ARTEAGA MONTES, Giovanny Paolo. Carlos Camacho Arango. El conflicto de Leticia (1932-1933) y los ejércitos de Perú y Colombia (Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Colección Centro de Estudios en Historia (CEHIS), 2016).. Historia y Espacio, [S.l.], v. 13, n. 49, nov. 2017. ISSN 2357-6448. Disponible en: <http://historiayespacio.univalle.edu.co/index.php/historia_y_espacio/article/view/5855>. Fecha de acceso: 22 jun. 2018 doi: https://doi.org/10.25100/hye.v13i49.5855.

El libro es la traducción al español de la tesis doctoral en Historia1, modificada, de Carlos Camacho Arango, profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia, sustentada en la Université Paris I Pantheón-Sorbonne en el año 2013 y que dirigió Annick Lempérière. La obra se enmarca en la historia militar y política de Suramérica, los estudios amazónicos y la guerra o conflicto colombo-peruano, periodo que comprende desde el 1° de septiembre de 1932, cuando los peruanos toman Leticia, hasta el 25 de junio de 1933, momento en que hacen su entrega a Colombia. Cabe resaltar que versiones previas de tres capítulos circularon en las revistas Historelo, Historia Iberoamericana e Historia Crítica2.

El prólogo y el texto de la contraportada evocan las cartas que envió Gabriel García Márquez a Mario Vargas Llosa en 1967, para escribir un libro a cuatro manos sobre la guerra colombo-peruana, con base en hechos que parecían extraídos del realismo mágico: la mayoría de las tropas colombianas que se enviaron a la frontera se perdieron en la selva, los ejércitos enemigos nunca se encontraron, un militar colombiano herido en el tobillo fue llevado por todo el país hasta que se le gangrenó la pierna y murió. Así, el escritor caribeño aseguraba que tenía miles de anécdotas e invitaba a su colega para que investigara en su país, con el fin de “dinamitar la patriotería convencional”3.

Esta sugestiva introducción tiene la fuerza suficiente para poner en duda la existencia de un conflicto con el Perú; por tal razón hice leer la contraportada a varios colegas pastusos que conocen del tema y su expresión fue la misma: “¡Cómo así que no hubo conflicto!” Algunos quedaron molestos, otros perturbados, pero todos querían leer el libro. En este punto comprendí que me acercaba a un texto de historia poco convencional, en el que se había escogido muy bien cada detalle para producir una especie de obra de teatro con sus personajes, escenarios y tiempos, vinculados por un diálogo novedoso en sus capítulos, como lo hizo Julio Cortázar en Rayuela4 y, sobre todo, Orlando Fals Borda en Historia doble de la Costa5.

Camacho divide su libro en 13 capítulos para contestar dos preguntas: ¿qué pasó en la frontera de Perú y Colombia entre 1932 y 1933? y ¿cómo era la vida militar en estos países antes del conflicto de Leticia? Las respuestas a la primera pregunta se desarrollan en los capítulos impares y narran los hechos bélicos cronológicamente desde diferentes perspectivas. Por su parte, las respuestas al segundo interrogante comparan los ejércitos enfrentados y están organizados en capítulos pares que se entrelazan para conformar una trenza con dos mechones, aunque también puede ser la analogía de un hermoso tejido con múltiples tramas y urdimbres.

Para lograr esta conversación asertiva de capítulos, sin perder jamás el hilo conductor, el autor acudió a una escritura fluida, producto de la consulta de archivos militares y civiles de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Perú y Colombia, además de la documentación privada perteneciente a Enrique Olaya Herrera. Fuentes con las que se puede emitir una primera paradoja: “fue mucho más fácil consultar los registros militares peruanos que los de su propio país [Colombia]”6, suceso común, si se trata de investigaciones históricas relacionadas con instituciones religiosas, militares o políticas.

Un pequeño aparte nos muestra, a manera de guion, la cantidad de personajes que componen este drama; aquí aparecen nombres y rangos de los militares de los ejércitos de ambos países, al igual que el rol que desempeñaron algunos civiles de la época. Sumados a los colombianos: diplomáticos, políticos, funcionarios, “reporters” de periódicos liberales y conservadores, y silvícolas, categoría que utiliza para designar a los habitantes de la selva, como los colonos y un niño indígena.

Camacho anticipa la dificultad que puede existir para entender la jerarquía militar, por tal motivo, una página sencilla explica esto. También encontramos la descripción física del escenario, once mapas muy bien distribuidos a lo largo de la obra resaltan la importancia de la geografía en este tipo de análisis, reflejan la distribución militar en Perú y Colombia, ubican al lector en los lugares en disputa o en los teatros de operaciones militares. Con todo, cualquier persona no especializada en el tema puede acercarse y comprenderlo, con la narración detallada de los sucesos casi que minuto a minuto, día a día: 1° y 2 de septiembre de 1932; de manera quincenal: entre septiembre de 1932 a febrero de 1933 y mensualmente: entre marzo y junio de 1933.

Como lo expone el autor, se han escrito varios artículos, capítulos y libros sobre el conflicto de Leticia -aunque yo diría sobre el conflicto colombo-peruano-, pero todos convergen en que no se analiza directamente el inicio del desacuerdo en 1932: unos señalan la cédula real de 1740 que fijó los límites de los virreinatos de Lima y Santafé, otros mencionan el tercer decenio del siglo XIX y el fortalecimiento de las nacientes repúblicas, algunos más lo relacionan con la “fiebre del caucho”, incluso, se esbozan las razones amorosas que ocasionó una mestiza de nombre Pilar y el desconocimiento de contratos por parte de Colombia al ingeniero peruano Oscar Ordóñez que planteó Alfonso López Michelsen.

Sin embargo, Camacho expone que las causas del conflicto son múltiples y van más allá de los intereses sentimentales y económicos que propone “Alfonsito”, mejor aún, se relaciona con otras razones, como las convulsiones políticas de Perú, generadas por Augusto Leguía7 y Luis Miguel Sánchez Cerro8, el fin de la edad de oro del departamento de Loreto, la desconfianza entre Lima e Iquitos, la firma del tratado Salomón-Lozano de 1922 que delimitó las fronteras entre los dos países, la entrega de Leticia a funcionarios colombianos en 1930 y la toma peruana el 1.° de septiembre de 1932.

Los primeros capítulos permiten comprender los procesos de formación y organización militar en Perú y Colombia, con base en la oferta europea y la demanda suramericana de armamento, buques, aviones y, sobre todo, del conocimiento castrense que se hacía mediante la “transferencia cultural”: misiones militares, desplazamientos de oficiales y mercenarios, y circulación de publicaciones entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, en pleno contexto de la Primera Guerra Mundial, de la firma del Tratado de Versalles y de las agitaciones políticas que vivían Bogotá y Lima. Esto refleja que el desarrollo de los ejércitos de los dos países no fue el mismo y cada uno tenía su propia impronta. La instrucción militar para los peruanos fue marcadamente francesa; mientras que los colombianos se basaron en un mestizaje chileno (de origen alemán) y suizo.

En el capítulo 8, “Anatomía y fisiología del cuerpo militar”, el autor retoma las palabras del general Pellegrin -agregado francés en Perú- quien manifiesta que el ejército del país andino padecía de hidrocefalia, dictamen que Camacho compartió para la milicia colombiana, aunque con menor gravedad. En el símil se argumenta que en la gran cabeza se encontraban muchos altos rangos con sus respectivos privilegios y pocos subordinados frente a un cuerpo microscópico que era el territorio, en que los militares no podían hacer presencia para ejercer un verdadero control, característica que se hacía más compleja en las zonas de frontera.

Si bien la hidrocefalia era compartida, las diferencias entre los ejércitos se sustentaban en que la mayoría de los oficiales colombianos provenían de Bogotá, probablemente de familias de “raza” blanca venidas a menos, con suboficiales y soldados en situación de pobreza que procedían de todo el país, y eran mirados como indios o negros. Por su parte, en el Perú, oficiales y suboficiales compartían cierta homogeneidad en cuanto a su origen regional, “racial” y social que les daba mayor cohesión, al igual que gozaban de movilidad jerárquica, en la medida que los estudios militares les permitían formarse y ascender, algo inimaginable en Colombia.

Camacho expone que los peruanos contaban con un corpus de héroes, mártires y villanos producto del conflicto de La Pedrera (1911), mientras que el ejército colombiano había olvidado este hecho. Las relaciones de los militares y políticos peruanos estaban marcadas por la enemistad, simpatía o temor hacia Augusto Leguía y se prolongó hasta que la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, les posibilitó cierta unidad con el asesinato del presidente Sánchez Cerro en 1933. Por su parte, los militares y políticos colombianos tenían una relación mucho más tranquila que se reflejaba en las elecciones presidenciales cada cuatro años.

Los capítulos impares se acercan al final del conflicto, con un subtítulo llamativo que retoma la frase de un militar colombiano en Caucayá (Putumayo): “Ha estallado la paz con todos sus horrores”, expresión que hacía referencia al mensaje que firmaban Olaya Herrera y su ministro de Guerra el 24 de mayo de 1933 para Efraím Rojas, comandante colombiano del Destacamento Amazonas, texto según el cual, el Comité de la Sociedad de las Naciones manifestaba que Perú aceptaba concluir pacíficamente el conflicto. Rojas acusó el recibido con la siguiente expresión: “Bienvenida así la paz, pero es lástima militar no haber tenido tiempo para ganar la guerra”9.

Con base en lo anterior, se paralizaron las operaciones militares en los dos ejércitos y el cese al fuego se recibió con agrado en Lima y Bogotá, aunque los diarios conservadores colombianos se quejaron de la “debilidad” al aceptar esta decisión. Además, con la terminación de las desavenencias marciales, la tensión disminuyó con la entrega de Leticia a Colombia el 25 de junio de 1933 y el fin del conflicto diplomático se alcanzó el 24 de mayo de 1934 con la firma del Protocolo de Paz, Amistad y Cooperación en Río de Janeiro.

El autor, acudiendo nuevamente a la historia comparada, expone los sentimientos encontrados de los ejércitos, producto del fin del conflicto; los soldados colombianos querían regresar pronto a sus hogares, pero como provenían de varias partes del país por fuera del Amazonas (en mayor proporción de Pasto y Neiva), todo se complicaba por el despliegue logístico que se requería para que salieran de la selva y pudieran llegar a sus destinos. Mientras los militares peruanos se demoraron poco en salir de Leticia y sin mayor dificultad, eran de la región y se concentraron en Iquitos para salir a otras partes de la misma zona donde vivían.

Como en el final de una obra dramática, el epílogo del libro pone al autor en escena: Lima, tiempo presente y en diálogo corto con un taxista local que lo lleva a exponer algunas conclusiones: “Hablar en Perú de una guerra con Colombia es bastante raro”10, para ellos la guerra se vivió con Chile en el siglo XIX o con Ecuador en el XX, pero no con Colombia. Sin embargo, para los colombianos, lo acaecido con la toma de Leticia fue lo más parecido a una guerra internacional en su historia, un conflicto con sabor a victoria.

En ambos países, más que una guerra, se considera que la palabra adecuada es conflicto, Camacho expone que el libro demuestra que dos ejércitos se enfrentaron en la Amazonía, al igual que dos cancillerías en la Sociedad de las Naciones. De esta manera, el conflicto de Leticia podría visualizarse como la lucha específica entre Colombia e Iquitos, ya que el apoyo de Lima fue intermitente. Otra conclusión importante se refiere a que ninguno de los ejércitos fue el vencedor, pero los militares colombianos gozaban de cierta ventaja frente a su enemigo. En este sentido, cuando los peruanos se tomaron Leticia en septiembre de 1932 estaban en superioridad militar para afrontar una guerra, pero nueve meses después cambió la inclinación de la balanza a favor de Colombia.

Dichos altibajos en el desarrollo de los ejércitos de los dos países dependían de varias circunstancias que se relacionaban principalmente con la vida política, sin desconocer lo económico y social. Es así como Perú se encontraba más agitado en 1933 que Colombia. En definitiva, el balance del conflicto fue paradigmático, dejó pocas víctimas, en su mayoría militares, “hoy en día el Conflicto se recuerda en Iquitos como una gesta local y regional, no como una tragedia, y si allí queda algún rencor, está dirigido a Lima, no a Bogotá”11.

Con base en este final, el lector podrá reafirmar, cuestionar o imaginarse si era posible que Gabo lograra su objetivo de escribir a cuatro manos “el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir”12, supongo que con base en el realismo mágico y, claro está, desde la literatura, es posible; pero muy difícil desde la historia, como muy bien lo expone Carlos Camacho con sus documentos. Del mismo modo, considero que el autor logró escribir el libro con sus dos manos y con el justo equilibrio de consultar varios archivos para narrar la historia del conflicto de Leticia, ahí sí, sin caer en una “patriotería convencional”. Solo resta por expresar que es un libro de obligatoria lectura para todo aquel que decida transgredir los cánones tradicionales para dar a conocer la historia. Gracias profesor Camacho por este importante aporte.

Carlos Camacho Arango, Le Conflict de Leticia (1932-1933) et les armées du Pérou et de la Colombie: histoire-récit, histoire comparée, histoire croisée, (tesis para optar al título de Doctor en Historia, Université Paris I Pantheón-Sorbonne, Paris, 2013).
Carlos Camacho Arango, “Historia narrativa de la toma y ocupación peruana de Leticia (Colombia, río Amazonas, septiembre de 1932)”, Historelo. Revista de Historia Regional y Local, vol. 8, n.° 15 (2016): 336-368 (capítulo uno); “Síntesis y perspectiva de los estudios de transferencias militares europeas hacia Suramérica (1890-1940)”, HIb: Revista de Historia Iberoamericana, vol. 4, n.° 2 (2011): 40-58 (capítulo cuarto); “Relaciones entre civiles y militares durante el Oncenio de Augusto Leguía (Perú 1919-1930)”, Historia Crítica, n.° 60 (2016): 103-122 (capítulo diez primera parte).
Carlos Camacho Arango, El conflicto de Leticia (1932-1933) y los ejércitos de Perú y Colombia (Bogotá: Universidad Externado de Colombia – Colección Centro de Estudios en Historia, 2016), 515 p.
Julio Cortázar, Rayuela (Buenos Aires: Editorial Suramericana, 3ª ed., 1966), p. 635.
Orlando Fals Borda, Historia doble de la Costa (Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1979) 4 v. Texto de corte histórico-sociológico que se enmarca en la costa atlántica colombiana, escrito a partir de páginas pares con un relato literario de carácter descriptivo y anecdótico; y páginas impares, con una carga de interpretación teórica y metodológica.
Camacho, El conflicto, 18.
Augusto Bernardino Leguía y Salcedo: nació el 19 de febrero de 1863 en Lambayeque y murió en El Callao el 6 de febrero de 1932. Fue Presidente del Perú por sucesivas reelecciones entre 1908 y 1912; y de 1919 a 1930, periodo que se conoce como el Oncenio de Leguía.
Luis Miguel Sánchez Cerro nació el 12 de agosto de 1889 en Piura y murió asesinado el 30 de abril de 1933 en Lima. Fue Presidente del Perú en dos ocasiones: la primera, del 27 de agosto de 1930 al 1 de marzo de 1931, como líder de la Junta de Gobierno que se instaló luego de derrocar a Augusto Leguía; y, la segunda, como Presidente constitucional, después de ganar unas reñidas elecciones en 1931.
Camacho, El conflicto, 481.
Ibíd., 497.
Ibíd., 498.
Ibíd., 15.